Thursday, May 6, 2010

Cómo cambiar el diálogo interno

Demasiado a menudo aceptamos los primeros mensajes que recibimos de nuestros padres. Escuchamos cómo nos decían «Cómete las espinacas», «Limpia tu cuarto» o «Haz tu cama», e interpretamos que debíamos hacerlo para que nos amaran.

Entendimos que sólo éramos aceptables si hacíamos ciertas Cosas; que la aceptación y el amor eran condicionales. Sin embargo, se trataba del concepto de otra persona sobre lo que era digno, y no tenía nada que ver con nuestro propio Y profundo valor personal. Nos quedó la idea de que sólo Podíamos existir si hacíamos esas cosas para agradar a los demás, de otra forma no teníamos ni siquiera el permiso Para existir.

Estos primeros mensajes contribuyen a configurar lo que yo llamo diálogo interno, es decir, la forma en que nos hablamos a nosotros mismos. El diálogo interno es muy importante, porque constituye la base de nuestras palabras habladas, crea el ambiente mental según el cual vamos a actuar y determina la clase de experiencias que atraeremos. Si nos despreciamos o subvaloramos, la vida va a significar muy poco para nosotros. En cambio, si nos amamos y valoramos, entonces la vida puede ser un don precioso, un maravilloso regalo.

Si somos desdichados o nos sentimos frustrados o insatisfechos, es muy fácil echar la culpa a nuestros padres o a los demás. Sin embargo, cuando lo hacemos, nos quedamos atascados en esa situación, en nuestros problemas o frustraciones. Las palabras de culpa no nos proporcionan libertad. Recuérdalo, hay poder en nuestras palabras. Lo repito, nuestro poder proviene de hacernos responsables de nuestra vida.

Ya sé que eso de ser responsable de nuestra propia vida suena un poco intimidante, pero es que en realidad lo somos, tanto si lo aceptamos como si no. Y para ser verdaderamente responsables de nuestra vida, tenemos que hacernos responsables de nuestra boca. Las palabras y frases que decimos son una prolongación de nuestros pensamientos.

Empieza a prestar atención a lo que dices. Si pronuncias palabras negativas o limitadoras, cámbialas. Cuando escucho alguna historia o anécdota negativa, no voy por ahí contándosela a todo el mundo. Creo que ya ha ido demasiado lejos y dejo que se vaya. En cambio, si escucho una historia pose la cuento a todo el mundo.

Cuando estés con otras personas, presta atención a lo que dicen y a cómo lo dicen. Trata de relacionar lo que dicen con lo que están experimentando en su vida.

Muchísima gente vive a base de «debería». Cuando escucho la palabra «debería», es como si sonara una campanilla en mi oído. Hay personas a las que se la he escuchado decir, y con frecuencia, fusta más de diez veces en un solo párrafo. Estas mismas personas no se explican por qué su vida es tan rígida ni por qué no logran cambiar su situación. Desean controlar cosas que no pueden controlar. Entonces, o bien se culpan a sí mismas o culpan a otra persona. Y después se preguntan por qué no levan una vida de libertad.

También podemos eliminar la expresión «tengo que» de nuestro vocabulario y de nuestro pensamiento. Cuando lo hagamos, liberaremos todas las presiones que nos autoimponemos. Nos creamos enormes presiones cuando decimos: «Tengo que ir a trabajar. Tengo que hacer esto. Tengo que... Tengo que...». En su lugar comencemos a decir: «Elijo...». Elijo ir al trabajo porque me da dinero para pagar el alquiler». «Elijo» da una perspectiva totalmente diferente a nuestra vida. Todo lo que hacemos es por elección, incluso aunque no lo parezca.

Muchas personas usamos también la palabra «pero». Hacemos una afirmación y luego añadimos «pero», lo cual nos Orienta en dos direcciones diferentes. Nos enviamos mensajes contradictorios. La próxima vez que hables presta atención al uso que haces de la palabra «pero».

Otra expresión a la que tenemos que prestar atención es «no olvides». Estamos habituados a decir: «No olvides esto O aquello». Y, ¿qué pasa? Que lo olvidamos. Lo que de verdad necesitamos es recordar, no olvidar, de modo que podemos comenzar a emplear la expresión «por favor, recuerda» en lugar de «no olvides».

Cuando te despiertas por la mañana, ¿maldices el hecho de tener que ir a trabajar? ¿Te quejas del tiempo? ¿Te quejas de que te duele la cabeza o la espalda? ¿Qué es lo que piensas o dices en segundo y tercer lugar? ¿Les chillas a tus hijos para que se levanten?

La mayoría de las personas dicen más o menos las mismas cosas cada mañana.
¿Cómo hace que empiece tu día lo que dices? ¿Es un comienzo positivo, alegre y maravilloso? ¿O es malhumorado y crítico? Si te lamentas, gruñes y maldices, esas son las bases que sentarás para ese día.

Cuáles son tus últimos pensamientos antes de dormirte? ¿Son potentes pensamientos curativos, o son de inquietud por tu pobreza? Los pensamientos de pobreza no sólo se refieren a la escasez de dinero; son formas negativas de ver cualquier aspecto de tu vida, cualquier cosa que no fluye libremente en tu vida. ¿Te preocupa el mañana? Yo suelo leer algo positivo antes de dormirme. Soy consciente de que mientras duermo hago muchísima limpieza que me prepara para el día siguiente.

Me resulta muy útil traspasar a mis sueños los problemas o interrogantes que tenga. Sé que mis sueños me ayudarán a resolver cualquier cosa que suceda en mi vida.

Yo soy la única persona que puede pensar en mi mente, así .como tú eres la única persona que puede pensar en la tuya. Nadie nos puede obligar a pensar de forma diferente. Nosotros escogemos nuestros pensamientos, que constituyen la base de nuestro «diálogo interno». A medida que iba comprobando cómo funcionaba cada vez más en mi vida este proceso, vivía más de acuerdo con lo que enseñaba a los demás.

Vigilaba de verdad mis palabras y pensamientos y a cada momento me perdonaba por no ser perfecta. En lugar de luchar por ser una persona excelente que fuera aceptable a los ojos de los demás, me di permiso para ser yo misma.

Cuando por vez primera comencé a confiar en la vida y a considerarla como un lugar acogedor, me sentí más ligera. Mi humor se hizo menos mordaz y más auténticamente divertido. Trabajé para liberar toda crítica y todo juicio de mí misma y de los demás. Dejé de contar historias catastróficas. Somos tan rápidos para propagar las malas noticias... Es francamente increíble. Dejé de leer los periódicos y renuncié al telediario de la noche, porque toda la información que daban se refería a desastres y violencia y contenía muy pocas buenas noticias. Me di cuenta de que la mayoría de la gente en realidad no desea escuchar buenas noticias. Les encanta escuchar malas noticias, para tener algo de qué quejarse. Somos demasiadas las personas que contamos una y otra vez 1as mismas historias negativas hasta convencernos de que Sólo existe el mal en el mundo. Durante un tiempo hubo Una emisora de radio que se dedicó a dar solamente noticias buenas Quebró.

Cuando enfermé de cáncer decidí abandonar todo chismorreo. Con gran sorpresa por mi parte, descubrí que ya no tenía nada que decirle a nadie. Me di cuenta de que cada vez que me encontraba con algún amigo, inmediatamente me ponía a comentar con él el último chisme o trapo sucio. Finalmente descubrí que había otras formas de conversar, aunque éste no fue un hábito fácil de romper. De todas maneras, si yo murmuraba de otras personas, lo más probable era que éstas hicieran lo mismo conmigo, pues lo que damos lo recibimos de vuelta.

Comencé a tratar con más y más personas y a escuchar lo que decían. Empecé a prestar atención a las palabras, no sólo al tema general. Después de diez minutos con un nuevo cliente, generalmente sabía con exactitud la causa de su problema, porque escuchaba las palabras que utilizaba. Era capaz de comprenderlo por su forma de hablar.

Sabía que sus palabras contribuían a crear y agravar su problema. Si al hablar empleaba palabras negativas, ¿te imaginas cómo debía ser su «diálogo interno»?
Evidentemente, la programación negativa era la que dominaba: los pensamientos de pobreza, como yo los bauticé.

Un sencillo ejercicio que te sugiero hacer es colocar un magnetófono junto a tu teléfono y grabar la  conversación que tenga lugar cada vez que hagas o recibas una llamada Cuando la cinta esté llena por ambos lados, escúchala, escucha lo que has dicho y cómo lo has dicho. Lo más probable es que te sorprendas.

Escucharás las palabras que empleas y la inflexión de tu voz. Empezarás a tomar conciencia. Si observas que repites algo tres o más veces, anótalo, porque se trata de una clave o pauta. Puede que algunas de tus pautas sean alentadoras, pero también puede haber otras muy negativas.

Louise L. Hay

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