Sunday, May 2, 2010

La ley de la mente

Existe la ley de la gravedad, así como varias otras leyes físicas cuyo funcionamiento no comprendo. Hay leyes espirituales, como la de causa y efecto: «Lo que das se te devuelve». También hay una ley de la mente. No sé cómo funciona, del mismo modo que tampoco sé cómo funciona la electricidad. Sólo sé que cuando acciono el interruptor se enciende la luz.

Yo creo que cuando tenemos una idea o cuando pronunciamos una palabra o una frase, de alguna manera salen de nosotros convertidas en una ley de la mente y nos vienen de vuelta convertidas en experiencias.

Ahora estamos comenzando a aprender la correlación entre lo mental y lo físico.

Estamos comenzando a entender como funciona la mente y que nuestros pensamientos son creativos. Los pensamientos pasan con mucha rapidez por nuestra mente, por lo cual es sumamente difícil darles forma. La boca, por su parte, es más lenta. De modo que si empezamos a dirigir nuestra forma de hablar, escuchando lo que decimos y no dejando que salgan de nuestra boca palabras negativas, podremos ir dando otra forma a nuestros pensamientos.

La palabra hablada tiene un poder enorme, y muchos de nosotros no nos damos realmente cuenta de su importancia. Consideremos las palabras como los cimientos de lo que creamos continuamente en nuestra vida. Todo el tiempo estamos utilizando palabras; sin embargo, a veces no pasan de ser un balbuceo, porque en realidad no pensamos lo que decimos ni cómo lo decimos. Prestamos muy poca atención a la elección de nuestras palabras. De hecho, la mayoría de nosotros suele hablar en términos negativos.

Cuando éramos pequeños se nos enseñó gramática. Nos enseñaron a seleccionar las palabras según las reglas gramaticales. Sin embargo, yo he comprobado que éstas cambian constantemente, y que lo que era impropio en una época es correcto en otra, y viceversa. Palabras que antes se consideraban vulgares e inaceptables actualmente son de uso común. Pero la gramática no toma en cuenta el significado de las palabras ni la forma en que influyen en nuestra vida.

En la escuela a mí no se me enseñó que mi elección de palabras tuviera algo que ver con lo que iba a experimentar en mi vida. Nadie me enseñó que mis pensamientos eran creativos, ni que podían literalmente conformar mi vida. Nadie me dijo que lo que yo daba en forma de palabras volvería a mí en forma de experiencias.

El objetivo de la regla de oro es enseñarnos una ley de vida muy elemental: «Haz a los demás lo que deseas que te hagan a ti». Lo que damos se nos devuelve. Esto nunca tuvo por finalidad hacernos sentir culpables. Nadie jamás me dijo que yo era digna de amor o que merecía el bien. Y nadie me enseñó que la vida estaba ahí para apoyarme.

Recuerdo que cuando era niña mis compañeros y yo solíamos insultarnos y decirnos cosas muy crueles e hirientes, y nos tratábamos mutuamente con desdén.

¿Pero por qué hacíamos eso? ¿Dónde habíamos aprendido ese comportamiento? Veamos lo que se nos enseñaba. A muchos de nosotros nuestros padres nos repetían una y otra vez que éramos estúpidos, bobos, perezosos e inútiles. Éramos una molestia y no valíamos lo suficiente.

Más de algún pequeño escuchó a sus padres lamentarse y decir que ojalá no hubiera nacido. Tal vez nos encogimos asustados al escuchar esas palabras, pero no comprendimos lo profundamente clavados que quedarían el dolor y la herida.

Louise L. Hay

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