Thursday, September 2, 2010

'Bienaventurados los que lloran:

porque ellos serán consolados.'
La desgracia y la aflicción no son, en sí, buenas, siendo la voluntad de Dios que cada criatura conozca la alegría y alcance una vida de gozoso éxito. "He venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia." Sin embargo, el dolor y el sufrimiento son a menudo extremadamente útiles, porque mucha gente no se tomará la molestia de buscar la Verdad hasta que la adversidad o el fracaso los fuerce a hacerlo. Entonces el dolor se convierte en algo relativamente bueno. Tarde a temprano, cada ser humano tendrá que descubrir la verdad que es en Dios, y verificar por sí misma su propio contacto con El. Tendrá que alcanzar aquella comprensión de la Verdad que le liberará para siempre de las limitaciones de nuestro mundo tridimensional y sus concomitantes —el pecado, la enfermedad y la muerte—. Pero la mayoría no emprenderán la búsqueda de Dios de todo corazón a menos que los obligue a ello algún tipo de contrariedad.

Lo cierto es que no es necesario que el hombre sufra desgracias, porque si antes buscase a Dios las desgracias nunca vendrían. Siempre es posible elegir entre aprender por medio del desarrollo espiritual o mediante las dolorosas experiencias, y si alguien escoge este último procedimiento, nadie sino él tiene la culpa.

Por regla general, sólo después que se ha perdido la salud, y todos los recursos ordinarios de la medicina han fallado en proporcionamos alivio, es cuando nos decidimos seriamente a buscar esa comprensión espiritual del cuerpo como encamación verdadera de la Vida Divina, única cosa que nos ofrece la garantía de superar la enfermedad y finalmente la muerte. Pero si, conocedores de nuestra verdadera naturaleza, nos volviésemos a Dios mientras nuestra salud es buena, no se daría nunca el caso de que cayésemos enfermos.

De igual manera sucede con la pobreza: sólo cuando la apretura económica se extrema, habiéndose perdido los más indispensables recursos, es cuando nos volvemos a Dios como último refugio, y aprendemos que el Poder Divino es en realidad la fuente de todos los bienes que la humanidad recibe, y que las cosas materiales no son sino los canales por los cuales se manifiesta la bondad de Dios.

Pero es necesario que esta lección sea aprendida a fondo antes de que un hombre pueda alcanzar experiencias más altas y amplias que las que tiene en el presente.

En la Casa del Padre hay varias moradas pero la llave de la morada superior es siempre el dominio completo de aquélla en la cual estamos. Por eso resulta muy conveniente el hecho de que debamos aprender lo antes posible de dónde y cómo nos viene nuestra prosperidad. Si los que son prósperos reconocieran a Dios como la verdadera fuente de lo que tienen, mientras aún están prósperos, y oraran regularmente por mayor comprensión espiritual acerca de este punto, jamás tendrían que lamentar pobreza o estrechez económica de ninguna clase. Al mismo tiempo, hemos de tener presente que debemos emplear bien nuestros recursos actuales, no acumulando riquezas por egoísmo sino más bien reconociendo que es a Dios a quien todo pertenece en el mundo, y que nosotros no somos más que sus agentes u hombre de confianza. La posesión de dinero lleva consigo una responsabilidad ineludible.

Precisa que sea administrado con prudencia o, de lo contrario, habrá que atenerse a las consecuencias.

Este principio general es aplicable a todos nuestros problemas, no solamente a las dificultades físicas o financieras, sino también a todos los otros males a que está sujeto el género humano. Ningún motivo de pesar —problemas de familia, altercados e incomprensiones, pecados y remordimientos, etcétera— nos quitará nunca la paz si buscamos en primer lugar el Reino de los Cielos y la Recta Comprensión. En cambio, si no lo hacemos así, todo aquello nos vendrá, aunque el sufrimiento nos reconfortará, a pesar de su apariencia ingrata.

En la Biblia "confort" significa Presencia de Dios, la cual es el final de toda lamentación.

Las iglesias ortodoxas nos han presentado con demasiada frecuencia un Cristo crucificado muriendo en la cruz; pero el que nos da la Biblia es un Cristo que se alza triunfante.

EMMET FOX

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